Negra la noche. Todo quieto. Todo silencio. Los pequeños ruidos en el primer piso, magnificados de alguna forma por la negrura de esta noche, rompieron la quietud y despertaron inmediatamente mi curiosidad.
Me levanté de mi cama, salí de mi cuarto y bajé las escaleras lo más despacio que pude, con miedo. Llegué a la sala y vi que las delgadas cortinas blancas volaban como si todas las mamparas estuvieran abiertas y hubiera un extraordinario ventarrón afuera. Suspiré aliviada de que sea solo viento y me acerqué para cerrar todo.
La luz era perfecta. Lo suficientemente clara como para ver, pero lo suficientemente oscura como para perderse los detalles. Caminé derecho hacia la mampara más cercana a mí, la cortina se me enredaba encima, con furia. La arrimé con una mano y estiré la otra solo para descubrir con horror que la gran ventana estaba cerrada. Del todo.
El corazón comenzaba a latirme rapidísimo. Tomé aire y valor y fui a ver cada una de las enormes ventanas que daban al jardín. Las cortinas seguían furiosas. Cerradas. Estaban todas cerradas. Eso solo podía decir que no era aire lo que estaba moviendo las cortinas.
Entonces lo vi. A mi lado, parado y flotando a unos pocos centímetros del suelo. Un hombre, con unas ropas sueltas y amorfas. Un hombre mezcla de blanco leche y transparencia, como humo. Me miraba con sus ojos muy abiertos e igualmente vacíos, sin decir palabra. Era, asumo, alguna especie de fantasma. Yo me alejé unos pasos, caminando hacia atrás, aterrada. Él flotó, el equivalente a unos pasos, hacia adelante. Hacia mí.
Entonces ya con el terror todo encima, como una sábana sobre mí, abría la boca para gritar, para lanzar el grito más fuerte y sentido de mi vida. Tomaba aire y entonces… no salió ningún ruido. Gritaba y no salía ningún ruido. Nada. Muda.
Trataba y trataba, mientras el hombre, el alma, la aparición, flotaba cada vez más cerca de mí. Ahora estiraba una ¿mano?, para tocarme, y casi lo logró cuando me desperté gritando. Con un grito fuerte y claro.
Jezabel



