Todo era una confusión de cuerpos. Unos encima de otros, pero luego comprendía, todos encima mío. Inmovilizarme era la consigna. Eran muchos y eran fuertes y estaban decididos. Unos me sujetaban de los brazos. Otros de las piernas. Los más avezados se sentaron encima mío para tenerme contra el suelo, así, inmóvil. Una mano enorme se posó en mi cara, en el cachete. Yo forcejeaba primero, me rendía agotada después.
Entonces entraba el hombre en escena. Era no más grande que los otros, pero el fuego de odio en sus ojos me decía que de lejos era el más peligroso. Sonreía solo de un lado y su carcajada era bajita y escarapelaría el cuerpo del más valiente. Se acercaba despacio, disfrutando.
Se puso de rodillas, con su cara cerca a la mía, mientras ladeaba la cabeza con una mezcla de curiosidad, deseo y maldad. Era mi marido.
Tomaba mi mano izquierda, que es la derecha para mi y sacaba del bolsillo de su casaca un enorme cuchillo con mango negro y un filo igual de peligroso que sus intenciones. Mi mano entre las suyas, una caricia primero, un dolor lacerante en el dorso después. Se demoraba. Se tomaba su tiempo en hacer lo que estaba haciendo. Hasta ahora no sabía qué. Luego todo terminó de la misma forma abrupta en la que había comenzado. La presión desapareció, los hombres también. La mano me sangraba bestialmente. Me paré tambaleándome y avance unas cuadras. Encontré un jardín, una manguera. El agua fría aliviando y limpiando las heridas en mi mano.
Eran letras. Lo que había hecho en mi mano con el cuchillo eran letras. Diez letras: pide perdón.
Jezabel



