Nos mudábamos, otra vez. Mi familia no estaba y yo estaba sola con una mujer que me mostraba todo. Alta y delgada, con pelo largo y marrón que le caía suelto y ordenado hasta la cintura. Hablaba en tono paciente y amable, como se le habla a los niños pequeños. Se llamaba Daniel.
La calle era hermosa y la casa también. Como una gran casa antigua en perfecto estado. Un pórtico grande, con escalones; ventanas en todos lados y puertas y techo altísimos. Estaba toda pintada de blanco, con una buganvilia de flores moradas apoyada abrazando la pared lateral, con cariño, casi.
Ya tenía muebles y cortinas y alfombras. Todo era blanco o clarito y contribuía al efecto de amplitud y claridad.
Excepto mi cuarto. Era la envoltura rosada de un chicle de cereza de la Barbie. Las paredes, la alfombra, las cortinas, la cama y cubrecama. Un espejo enorme multiplicaba el rosado reflejándolo desde cualquier ángulo. Un horror.
Me asomaba a la gran ventana que daba al jardín, tratando de huir del aire rosado. A unos veinte metros, en el jardín, había una gran y ocupada construcción. Las paredes estaban solo en cemento, así que todo era oscuro. Había tablas y andamios por todos lados, baldes volando con sogas, palas, voces; nada de lo cual se percibía (de ninguna forma) desde dentro de la casa. Como si no existiera.
Busqué a Daniel para preguntarle qué era eso, pero ya no estaba.
Afuera todo era sol. Adentro todo blanco y silencio. Atrás oscuridad y bulla.
Entraba de nuevo al cuarto rosado para sacar y acomodar mis cosas. Abrí una maleta con ropa y vi con horror que estaba toda rosada.
Tiraba la ropa rosada en la cama rosada mientras una rosada náusea me invadía.
Sacudí la cabeza y desperté. Con alivio vi mi alfombra azul y mi pared blanca.
Nunca supe qué construían.
Jezabel



